Actualmente existe una nueva corriente de cómo educar a los niños. Sabemos que los pequeños de hoy no son los mismos que los de hace un par de décadas, ya que podemos evidenciar que definitivamente captan las cosas con mayor velocidad, están muy relacionados con la tecnología y al parecer están siempre un paso adelante.
El conocimiento y entendimiento de estos temas nos han llevado a encontrar nuevas formas de educarlos. Por ejemplo, sabemos que no debemos agredirlos físicamente, ni siquiera para corregirlos ya que estarían causando daños psicológicos tal vez irreversibles. También entendemos que no debemos gritarles o hacerles ver sus errores ya que podrían traumarse o no tener éxito en su vida adulta.
Todo esto no son más que mitos acerca de una nueva moda que como el título lo dice, aun hay cosas por probar. Esta tendencia de la nueva educación a los niños está muy bien estructurada y al parecer científicamente sustentada. Pero le falta el mayor sustento, la prueba de la realidad. Enfrentar todos estos supuestos con la cruda y fría realidad.
Ahora, para que esto ocurra, no tenemos más remedio que esperar. Ya que las generaciones de niños que han sido sometidas a esta crianza aún no terminan de crecer. Pero cuando lo hagan nos daremos cuenta que tan efectiva o no pudo haber sido esa nueva forma de educar.
Algunos críticos están a favor de esta nueva educación, otros en contra. Para estos últimos, estamos siendo demasiado permisivos y estamos formando personas con poca resiliencia a la vida. Sostienen que no serán capaces de enfrentar las decepciones del mundo real.
Por otro lado, los que están a favor de la corriente educativa de vanguardia manifiestan que la mente de un niño es muy dócil y por lo tanto, durante los 6 primeros años de vida debe aprender de la misma forma, dócilmente. El amor, la comprensión y la paciencia deben ser parte de la vida del niño y sus padres.
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Algo que descubrí solo con el tiempo, es que la vida siempre avanza.
A veces cuando uno se detiene a pensar en los días, en las personas y en los sucesos, puede darse cuenta que todo cambia a través del tiempo. Antes todo era diferente y mientras más queremos utilizar el pasado para refrendar el presente, más nos equivocamos.
Es que las próximas generaciones siempre serán distintas, no solo por el tiempo que les toca vivir, sino porque llevan encima todo lo que nosotros ya hemos aprendido. Siempre será diferente, nunca igual.
Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos herederán más que un planeta, una realidad nueva, totalmente virgen esperando por ellos para ser descubierta y modificada a su vez.
Bien leí en un libro hace mucho tiempo: “uno puede querer ser como sus hijos, pero nunca pretender que ellos sean como uno”. Porque es así, la vida siempre avanza y no mira hacia atrás. Es el camino de los padres, y es el camino que seguirán los hijos algún día también, cuando se conviertan en padres.
Lo que uno entrega a la vida, quieras o no, es gratis. No recibirás nada a cambio ni ahora ni después, porque es como la vida se forma y se desarrolla, siempre hacia adelante. Lo que entregues será tuyo por siempre, pero a la vez no lo tendrás más, porque se quedará en la tierra, en las personas que pasaron por tu vida, en el aire, en el mundo.
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Muchas personas utilizan en su vida cotidiana, reglas y normas, pensamientos o creencias, ideas y conceptos aprendidos de sus antepasados (padres, abuelos, bisabuelos, etc.). A éstos se suman nuevas reglas o ideas, establecidos por ellos mismos conforme su experiencia.
Este conjunto de pensamientos y sentimientos (forma de pensar, forma de hablar y forma de actuar), constituyen los hábitos y costumbres familiares que van a dar lugar al carácter y personalidad de sus miembros. A esto lo llaman tradición familiar.
De otro lado, nosotros no somos simplemente cuerpo físico o carnal, sino esencialmente espiritual. Nuestra verdadera vida es el Yo Verdadero, eterno y perfecto por naturaleza. Como tal, en forma natural, propendemos al crecimiento espiritual para lograr nuestra verdadera felicidad y la de los demás.
Por tanto, conviene reflexionar sobre las “tradiciones” o “valores” familiares. Algunas de ellas, analizadas con mente natural, resultan ser negativos, impiden el crecimiento espiritual y conducen a la autodestrucción de sus miembros.
Por ejemplo, el “apego” a determinadas formas de contraer matrimonio, con testigos, vestimenta especial, fiestas, etc., son formalidades materiales. Cuando los contrayentes no siguen estas costumbres, generalmente los padres sufren. En verdad, lo más importante es el acuerdo libre, voluntario y responsable de los que se casan para iniciar una nueva vida en común y formar un hogar de crecimiento contínuo, reverenciándose y respetándose entre sí.
Muchas veces, por mantener la “manía de pureza” y/o “rigidez de carácter”, los seres humanos nos hacemos sufrir unos a otros, en lugar de desarrollar, nuestra magnanimidad y capacidad de perdonar, que son virtudes mayores.
¿Acaso Jesús no perdonó sus pecados a una famosa prostituta?
¿Acaso Jesús no compartió la mesa con un detestado recaudador de impuestos?
Cuando un padre forma a un hijo y lo educa en el transcurrir de su vida, siempre piensa en corto y largo plazo. Trata de no ceder en el ahora sacrificando el mañana y asimismo ve la forma de satisfacer lo actual, de forma responsable.
A diferencia de cualquier otra persona, sea una niñera, los abuelos o los tíos, ellos no forman, ellos acompañan la formación y educación. Colaboran más no determinan, ya que si lo hicieran, podría llegar a ser fatal.
Los abuelos y tíos engríen, dan amor, enseñan y ese es su rol para con los nietos y sobrinos. Más no el de educar y formar. Los padres tienen ese rol y cuando lo hacen están conscientes que están formando una vida que tendrá que hacer frente al mundo en algún momento.
Entonces, es importante que cada persona, siempre que se pueda, se quede en el rol que le corresponde. Todos hemos sido o seremos hijos, tíos, sobrinos, abuelos, padres, hermanos, etc. Y cada vez que somos, jugamos un rol diferente.
He ahí el real arte del amor en los legados de familia, guardar el rol correcto en cada ocasión. Si bien el mejor legado que puede dejar un padre a un hijo es el de una buena formación, esto debe estar acompañado siempre por los roles de la familia, que si bien no determinan, pero su acompañamiento es fundamental.
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Los padres cumplen su rol y se van, sea por la lejanía de la distancia o por el peso de los años, dejan de estar en nuestras vidas y solo se queda con nosotros lo que pudieron enseñarnos.
Los amigos están en distintas fases, algunos se van y llegan nuevos pero jamás se quedarán por siempre porque tienen propias vidas que construir. Lo que debemos hacer con ellos es aprovechar y gozar el tiempo que estemos juntos, disfrutando cada momento, ya que no sabemos cuánto durará.
Los hijos definitivamente se tienen que ir. Es la ley de la vida, ellos deben avanzar y mirar hacia el futuro, que ahí es donde pertenecen sus vidas y no al pasado. Puedes estar con ellos, orientarlos, aconsejarlos, guiarlos pero nunca podrás deternerlos, porque la vida avanza y jamás retrocede. Ellos se irán y solo tendrán lo que pudiste llegar a enseñarles.
Sin embargo, la pareja no se va. Esta persona está ahí para quedarse, llegó para quedarse. Esta persona es sobre la que hay que contrsuir a largo plazo y no desatenderla ni descuidarla. La pareja, la unión de dos seres para enfrentar el mundo representa una de las fuerzas más poderosas de la vida. Ella o él siempre estarán ahí, como entender, apoyar, aconsejar o tan solo acompañar.
Recuerde siempre sembrar en el lugar y la persona correcta, ya que lo acompañará por el resto de su vida.
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Esta es una pregunta frecuente. ¿Cómo educar bien a los hijos?. Es cierto que existen muchas teorías al respecto, muchos puntos de vista y muchas opiniones, pero nada deja de ser más cierto que los padres tienen y deben desarrollar su sentimiento natural de educadores.
Una vez que se es padre, se debe ser capaz de educar, enseñar, y tratar a los hijos de forma correcta para que se desarrollen en un ambiente sano y con valores y principios que les ayuden a frontar la vida una vez que esten solos en ella.
Pero esta característica de ser un padre educador es un sentimiento natural, que viene de la propia esencia del ser humano. Nadie lo enseña a alguien y nadie lo aprende de alguien. No crea que porque su madre o padre ya pasó por esto, entonces puede darle los mejores consejos. Si bien puede ser una guía, el que debe encontrar el camino correcto es usted mismo.
Todos los niños son diferentes, por lo tanto, no puede ser educados o tratados exactamente de la misma manera. Nuevamente le repito, no se deje engañar por el mito que sus padres pueden criar a sus hijos. Ellos son los abuelos, y tienen que cumplir ese rol. Deben dar afecto y engreír a los nietos, más no criar. Ese podría ser una de los más grandes errores de su vida, y peor aún, de la vida de sus hijos.
En el transcurso de la vida y a la vez que los hijos crecen, existe muchas formas de educarlos correctamente. Sin embargo, esté convencido que vendrá un momento en el cual tendrá que ser muy noble para premiar los buenos actos y muy enérgico para castigar los malos. Es decir, sin llegar al extremo de la violencia (que nunca es buena ene stos casos) se puede ser determinante y duro, para que puedan encaminarse hacia el bien.
Pero siempre será importante que sus hijos vean en usted una persona justa y equilibrada. Por lo bueno, premie y elogie, por lo malo, sea claro y enérgico en decir cómo espera usted que se den las cosas. Recuerde la gran responsabilidad de, como padre, estar formando una vida que no es suya.
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La personalidad de los niños se forma hasta los 6 años de edad. ¿Sabía usted esto?. Verdaderamente sorprendente que lo que podamos enseñarles y darles hasta esa edad formarán los rasgos de su personalidad con los cuales tendrán que hacer frente al mundo, una vez que crezcan y se conviertan en adultos.
Sorprendente y hasta cierto punto atemorizante, por la enorme responsabilidad que tenemos los adultos, los padres, de educar y enseñar correctamente a los hijos.
Una de las formas que recomiendan los psicológos para proteger a los niños para que puedan afrontar con fuerza, decisión y determinación el futuro es no darles todo lo que se les pueda dar. Es decir, desterrar aquella vieja frase que dice: “yo le daré a mi hijo todo lo que no tuve”. Pero, ¿por qué olvidar esa frase que por tanto tiempo se ha manejado de forma natural en la conversaciones cotidianas?.
Simplemente por el hecho de que si usted realmente está en condiciones de darle a sus hijos lo que nunca tuvo, entonces quiere decir que tuvo éxito en sus proyectos y en su vida. Y este éxito, seguramente se debe al buen trabajo de sus padres y probablemente también a que nunca lo tuvo todo en la vida. Muy claro, ¿verdad?
Bien, entonces no cometamos el error de darles absolutamente todo a los niños, ya que cuando se enfrenten al oceáno de la vida y vengan las olas, ellos pensarán que sin hacer nada podrán evadirlas, pero estas olas les enseñarán que no. Les dirán que “no” por primera vez en sus vidas y estos niños, ya grandes, no podrán enfrentar de forma adecuada ese “no”. Algunos se derrumbarán, otros se desanimarán, otros pensarán que la vida es muy dura; cuando en verdad la vida es la misma para todos y su dureza o suavidad depende del cristal con el que se mire y de la actitud que uno tome frente a ella.
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Alguna vez de joven sentí la fuerza y las ganas de convertirme en el mejor de todos. Es decir, quería estudiar, tener buenas notas, un excelente trabajo, ganar mucho dinero, ayudar a los demás, tener una familia, viajar por todo el mundo, inventar algo útil para la humanidad, etc, etc etc.
Era como una meta… o mejor dicho, varias metas; pero vistas como una sola: ser lo mejor que la vida pueda permitir.
Sin embargo, con el pasar de los años, me di cuenta que no es tan fácil como se piensa. Se tienen que balancear, sacrificar y compesar muchas cosas de la vida.
Se tiene que empezar a priorizar, a seleccionar a olvidar…
Durante la batalla incansable por conseguir todo, a uno le toca convertirse en padre. Y al ser padre, todo vuelve a cero. Quiero decir, en realidad te das cuenta que un hijo es como una extensión de ti mismo. Entonces él o ella pueden lograr todo lo que tu te proponías y soñabas; y sería exactamente igual que si fueras tú mismo.
Difícil de explicar, pero es lo que se siente. De pronto ya no eres tú solo. Tienes a alguien que puede terminar la tarea por tí… y sientes paz, te relajas y el mundo se observa con mayor claridad.
Así es, un hijo o hija es una extensión de ti mismo. Puedes dar una pausa por fin en esa vida acelerada y poner todos tus esfuerzos en formar esa nueva vida; con el objetivo que pueda tener todas las oportunidades que tu también tuviste; e incluso muchas más… con el fin de lograr todo aquello que tienes tú y adicionalmente lo que llevas en tus sueños.
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Definitivamente solo puedes llegar a comprender a los padres de familia, cuando te conviertes en uno de ellos.
Los padres entregan todo la atención y amor del mundo a los hijos. Cuando son bebés los cuidan, bañana y alimentan. De niños les enseñan y los guían. De adolescentes los aconsejan y facilitan, de adultos… he aquí un ligero cambio en la relación padre e hijos, cuando estos últimos llegan a la adultez.
Inevitablemente los hijos crecen, se independizan, y se van. Ese es el camino correcto que deben de seguir, irse en busca de mejorar y de formar una familia ellos mismos. Pero, ¿qué ocurre con los padres?. Es común y humano que aparezcan muchos sentimientos encontrados en ese momento, ya que por una lado sabes que los hijos deben irse, pero por otro no quieres que lo hagan.
Yo recién pude comprenderlo al ser padre. Mi niña aún está pequeña, pero sé que algún día se irá y no puedo ni debo evitarlo. Se irá pero no porque no le guste estar con nosotros o porque en otro lugar estará mejor necesariamente. Lo hace porque así es la vida, es la forma de crecer, de madurar, de cambiar. No puedo negarle a mi hija la experiencia de descubrir el mundo, de cometer errores y aprender de ellos, de formar una familia y de tantas cosas más que yo, ya no podré darle.
El consejo para todos los padres es: no se preocupen por el futuro de sus hijos, preocúpense por el ahora. Cuando son niños y adolescentes, que es cuando más les podemos enseñar e inculcar. Lo que aprenden de nosotros sentarán sus bases en la vida y le pérmitirán navegar en el mundo por su propia cuenta. No nos cansemos de enseñar a nuestros hijos pequeños, porque de eso depende su futuro.
Por otro lado, no esperemos nada a cambio. Así es, aunque a algunos padres les cueste difícil asimilarlo. ¿Por qué después de que le di todo y sacrifiqué tantas cosas, no muestra siquiera un poco de gratitud ahora?… no señor, usted eligió ser padre de familia, y ese es nuestro destino. Claro, hay algunos casos en que los hijos tienen muestras de afecto con los padres, luego de haber formado una familia, pero lo importante es que no debería mortificarse si es que no las hay. Dependerá de cómo los hemos formado de niños, el comportamiento que muestren de adultos.
Nuestro destino como padres es enseñar y dar todo a nuestros hijos hasta que puedan valerse por sí mismos. Luego de eso, observarlos y quizás algunas veces aconsejarlos, disfrutar de los nietos y tal vez retomar las cosas que sacrificamos por ellos; pero jamás esperar nada a cambio. ¿Que entrega tan generosa, verdad?, es que eso es padre, dar sin esperar recibir nada.
Los dejo con un pensamiento final, que me conmovió y me hizo reorientar mi forma de pensar hace algunos años: “Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues, ellos tienen sus propios pensamientos. Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas, viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en tus sueños. Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer. Tú eres el arco del cual, tus hijos como flechas vivas son lanzados. Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea para la felicidad”. KHALIL GIBRAN
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Muchas personas se preguntan, ¿cuál es el secreto del éxito en la vida?, ¿cómo triunfar y alcanzar nuestras metas?. Sin duda, son preguntas que son muy importantes, pero que no conllevan una respuesta tan simple.
En realidad, el ser humano puede buscar y esforzarse por el éxito y los triunfos en su vida desde diferentes frentes. Uno de ellos, muy poderoso, es la disciplina.
La disciplina es algo que nos inculcan desde muy pequeños y es un trabajo principalmente de los padres. De hecho, la escuela ayuda a enmarcar y direccionar la disciplina en los niños, pero son los padres quienes se encargan de su ejecución y desarrollo.
En esta tarea, los padres deben ser decisivos y hasta cierto punto, molestosos. Es verdad que a los hijos dan ganas de complacerlos en todo, pero es de suma importancia para su futuro, que no lo haga.
La disciplina que desarrolla el ser humano, le ayuda a alcanzar sus objetivos y sueños a lo largo de su vida, de una forma constante, metódica y tranquila. Sin sobresaltos, avanzando siempre en la misma dirección y de forma consecutiva, las personas disciplinadas avanzan siempre en el camino del éxito.
La disciplina fortalece al espíritu y al alma. El espíritu humano goza cuando la persona es disciplinada. Puede trazarse muchas metas y las puede alcanzar todas, en distintos tiempos, en distintas formas… pero siempre llegará.
La persona que no es disciplinada, estará constantemente abandonando sus proyectos, se desanimará fácilmente ante cualquier problema y le será muy difícil sobrellevar el fracaso.
La disciplina realza el valor del ser humano, para consigo mismo y con la sociedad. No sólo fortalece la paz espiritual interior, sino que le permite a esta aflorar y generar el éxito en la vida cotidiana.
Recuerde siempre que conjuntamente con la disciplina, la perseverancia, el coraje y la paciencia, son virtudes que siempre debemos cultivar en nuestro espíritu y en nuestra vida.
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