Feb
23
2009

espiritual

En el artículo anterior referido a este tema, hemos afirmado que las “ilusiones mentales” son pensamientos y creencias erróneas, las cuales las hemos recibido de nuestros antepasados a través de nuestros padres, y también las hemos aprendido de nuestro entorno desde nuestra llegada a este mundo. Las ilusiones mentales no tienen existencia real, parecen existir porque el ser humano al reconocerlos con su mente, les da existencia.

Pero, ¿cómo saber y reconocer que tenemos ilusiones mentales?. Para ésto, es importante conocer lo que es contrario a las ilusiones mentales; por lógica, son los pensamientos y creencias correctas, y estos nacen de un grupo de atributos divinos: Sabiduría, Amor, Vida, Provisión, Alegría y Armonía infinitos.

Estos atributos son los que tienen existencia real y eterna. Están en el diseño original de nuestra Esencia espiritual o Yo verdadero. Esto constituye nuestra naturaleza verdadera. A ésto se refería Cristo cuando dijo: “El Reino de Dios está dentro de vosotros”.

En consecuencia, todos somos capaces de describir los pensamientos y sentimientos que constituyen las ilusiones mentales y que son contrarios a los atributos citados:
Sabiduría: ignorancia, terquedad, necedad, etc.
Amor: odio, celos, resentimiento, ira, venganza, etc.
Vida: enfermedad, muerte, debilidad, etc.
Provisión: pobreza, escazes, carencia, etc.
Alegría: tristeza, pesimismo, desánimo, depresión, etc.
Armonía: conflictos, rencillas, desorden, corrupción, etc.

Las ilusiones mentales influyen en forma negativa y nociva en nuestra vida diaria, conduciéndonos a un comportamiento igualmente nocivo, perjudicando a las demás personas y a sí mismos, es decir, con destino a la autodestrucción de la humanidad.

Las ilusiones mentales se eliminan y destruyen de una sola manera: cultivando, desarrollando y haciendo crecer, los atributos originales con los cuales hemos venido a este mundo.

Debemos enfrentar lo irreal con lo real; la mentira con la verdad; el yo falso con el Yo verdadero; la tiniebla con la luz.

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Feb
04
2009

espiritual

Muchas personas (también me incluyo), generalmente viven su día a día, absorto en sus quehaceres y enfocados en resolver los problemas propios y familiares. En este contexto, poco o nada les puede importar lo que sucede con las personas en los países vecinos y menos en los lejanos.

No podemos decir que este hecho está bien ó está mal, sencillamente es el resultado de las decisiones que tomamos en todo momento. Estas decisiones a su vez, obedecen al tipo de carácter y personalidad que hemos desarrollado.

En este sentido, es importante comprender que el ser humano en su afán de establecer su propia identidad, erróneamente puede llegar a realizar acciones que perjudica a sí mismo y a los demás, como es el caso del 11 de Septiembre de 2001. Como dice Andrea Riccardi en su capítulo “La civilización de la convivencia” del libro “Islam y Occidente”, 1a. ed. 2005: “…con el fin del largo enfrentamiento ideológico y político, se están repensando todas las identidades: casi todos aspiran a poder decir con mayor claridad quiénes somos nosotros y quiénes son los otros”.

Es fundamental distinguir los dos aspectos del ser humano: aspecto verdadero y aspecto aparente.

El aspecto verdadero, es su esencia espiritual o Yo verdadero, es el hijo de Dios y es el que tiene existencia real y eterna. Está dotado de los atributos divinos: sabiduría, amor, vida, abundancia, alegría y armonía infinitas.

El aspecto aparente, es el cuerpo físico o cuerpo carnal, es la sombra del espíritu y producto de la mente. Cambia contínuamente y tiene existencia efímera (cuando fallece la persona, se acaba el cuerpo carnal).

Entonces, ¿pueden convivir en paz y armonía, musulmanes, judíos, cristianos, budistas, sintoístas y otras identidades, para alcanzar felicidad y éxito?. La respuesta siempre será: es muy difícil, pero también es muy fácil.

Resulta difícil y tal vez imposible, si las personas intentar convivir utilizando su aspecto aparente cargado de ego.

Resulta fácil, si las personas utilizan su aspecto verdadero, porque en nuestra esencia, todos somos la verdadera vida de Dios, “yo y el otro somos uno”, y “todos somos uno con Dios”.

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