Imagine la vida como una enorme balanza… de un lado está la razón y del otro las emociones. Usted sabe que es importante razonar, pero no puede desprenderse de sus sentimientos o carga emocional al hacerlo. Son cosas que no podemos separar, precisamente porque somos seres humanos.
De la misma manera, el liderazgo se puede concebir como una gran balanza. De un lado está el pensamiento crítico y del otro la inteligencia emocional. Así, todo ser humano que quiere convertirse en un líder o practicar un liderazgo efectivo tendrá que saber encontrar su propia combinación de ambos. Es decir, la fórmula perfecta para sí mismo.
El pensamiento crítico llama a nuestro lado plenamente racional. Cuando resolvemos situaciones, tomamos decisiones o enfrentamos problemas, requerimos ordenar nuestras ideas, analizar, sintetizar, definir, conceptuar, etc. Por otro lado, la inteligencia emocional evoca la expresión de nuestros sentimientos hacia los demás. Asimismo, contiene un elemento básico e importantísimo que es la empatía. Esa característica es la que nos ayuda a relacionarnos de forma adecuada con otras personas, considerando siempre el contexto y las diferentes personalidades que podemos encontrar.
Entonces, el liderazgo es buscar la forma de balancear de la mejor manera para cada quién, el pensamiento crítico y la inteligencia emocional. Todo depende de ese balance. Un buen líder podrá sobrellevar cualquier situación si puede mover la balanza a su favor en cada lugar y con cualquier persona. Los líderes efectivos pueden encontrar la fórmula adecuada para mantenerse y sobresalir en un oceáno plagado de abundantes cambios e incertidumbres.
Si usted es un líder, o está en camino de serlo, no pierda de vista la interdependencia que existe entra la razón y los sentimientos. Ambos forman una simbiosis, la cual en el balance correcto, puede convertirse en un arma muy poderosa.
Lea también nuestro artículo Una de las estrategias principales del líder, la mirada en 360°.
La foto es de Stock.Xchng
Aristóteles dijo: “Cualquiera puede enojarse, eso es algo muy sencillo. Pero enojarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.
Sucede a menudo que cuando algo nos afecta negativamente o nos hacen algún daño, nos concentramos en enojarnos con el hecho o la persona origen de aquello. Lo malo de esto es que muchas veces no pensamos en lo que sabiamente nos dijo el gran Aristóteles. Enojarse es una de las cosas más fáciles que hay, saber con quién y en qué intensidad, eso es otra cosa.
Por ejemplo, un conductor temerario se atraviesa por nuestro carril de forma imprudente. Frente a este hecho, tenemos muchas alternativas:
1. Me enfado por lo ocurrido y continuo mi camino, pero no con el mismo estado de ánimo u optimismo.
2. Baja la ventanilla del auto y grito lo más fuerte posible algún insulto.
3. Inicio una persecucción implacable al sujeto hasta que lo alcanzo y le hago lo mismo.
4. También voy dispuesto a alcanzarlo, pero no sólo para gritarle o hacerle lo mismo, sino para agarrarlo a golpes.
Ahora pregúntese a usted mismo lo siguiente: ¿Alguna de estas opciones hará que el hecho desaparezca?, ¿logrará enseñarle al tipo el respeto y el conducir correctamente?, ¿cambiará su estado de ánimo y se sentirá muy bien consigo mismo?. Se dará cuenta que la respuesta para estas preguntas es un “no” y esto es porque en un hecho como tal, lo único que puede influir en su bienestar es usted mismo. Usted tendría que decidir y razonar que no vale la pena enojarse y que puede continuar su camino sin alterar su ánimo ni sus planes ya establecidos. En este caso, enojarse sería fácil, ¿verdad?… pero de eso se trata precisamente, enojarse cuando se debe hacerlo.
Igualmente ocurre con las relaciones personales. Muchas veces somos presa de nuestros sentimientos y emociones muy rápido y reaccionamos incorrectamente. Esto afecta negativamente la relación con nuestros familiares y amigos, quiénes siempre están cerca y cuando nos damos cuenta de lo que hemos hecho o dicho, ya es muy tarde, generando malos entendidos o resentimientos.
Siempre que se encuentre en una situación que le disgusta o le incomoda, recuerda a Aristóteles… no se enoje por cualquier cosa insignificante, tampoco lo haga en una intensidad desmedida y mucho menos con la persona equivocada. Recuerde, el enojarse es un arte, aprenda a dominarlo.
La foto es de Stock.Xchng