El ser humano posee un don valiosísimo: es el “don de la palabra” o el “poder de la palabra”. Muchas personas se olvidan que lo poseen y no se esfuerzan en desarrollarlo siquiera un poco. Otras personas ni saben que lo poseen.
Si no somos capaces de transmitir con claridad, exactitud y firmeza nuestras ideas, pensamientos, sentimientos, deseos; en fin, todo lo que quisiéramos expresar, podemos afirmar que estamos desprovistos de la más poderosa arma de esta vida.
Esa es la importancia de la palabra hablada o escrita. Debemos recordar que la palabra es la expresión del propio carácter de la persona. Esto quiere decir, que la forma de hablar de una persona nos indica su carácter y personalidad.
Por lo tanto, no tiene sentido que alguien trate de crear una bella imagen de sí mismo sólo utilizando palabras hábiles, sin empeñarse ni preocuparse en mejorar su carácter, pues, sus palabras sonarán falsas y superficiales, y terminan revelando su falta de sinceridad.
De otro lado, sería también lamentable que una persona, siendo dueña de un carácter admirable, no tuviese capacidad para expresar claramente sus opiniones y permaneciese callada, sólo por el hecho de no haber desarrollado el poder de la palabra.
Es fundamental, que las personas aprendan desde muy temprana edad a pronunciar claramente las palabras, practicando y ejercitándose siempre en el sentido de mejorar su dicción.
El poder de la palabra es tan fuerte que debe ser utilizado con sabiduría y amor, es decir, para el bienestar de la humanidad. No debe usarse con egoísmo para obtener provecho personal o de grupo, perjudicando a las grandes mayorías.
Por ello, los políticos, los que se llaman luchadores sociales, dirigentes religiosos, etc., deben adoptar un nuevo tipo de liderazgo, basado en la ética y responsabilidad social, buscando verdaderamente el éxito, la felicidad y el bienestar de la humanidad.