En nuestro artículo anterior hemos tratado el interesante tema de reconciliación con la suegra: Cómo reconciliarse con su suegra .
No obstante que existen suegras que mantienen relaciones armoniosas con su nuera, hay muchas suegras que viven con la actitud mental de “pensar y creer” que sus nueras no son las “parejas adecuadas” para sus hijos (sus bebés eternos). Otras, piensan y creen tener grandes experiencias aplicables en todo momento y circunstancia, y sienten un deseo irrefrenable de “ayudar” a prevenir o superar obstáculos que enfrenta la nueva pareja.
Ahora, trataremos de establecer algunas motivaciones iluminadoras que poseen las suegras, para llegar a una reconciliación verdadera con sus nueras.
Su nuera, desde el momento en que se casa o convive con su hijo, pasa a constituir la mitad del alma de su hijo; entonces, los dos son una sola alma.
La nueva pareja posee una fuerza interior divina que los impulsa a hacer las cosas de modo correcto desde su punto de vista, y desean la libertad necesaria para tomar sus propias decisiones e inclusive para equivocarse, ya que de los errores se pueden aprender mucho más. Recuerde que usted también es nuera.
Su nuera en condiciones naturales, no intenta ocupar el lugar de usted, es decir el rol de madre. El verdadero lugar de su nuera es la de esposa o compañera de su hijo, y en ese rol, no compite con nadie. Recuerde usted su vida de nuera.
Usted que ama a su hijo, comprende que “Amor es sumergirse en el interior del otro y volverse “uno con él”; entonces, si su nuera también ama a su hijo y desea la felicidad de él, usted sólo debería desarrollar y manifestar amor y gratitud hacia su nuera, porque en cierta forma ya es “su hija”.
Con todo respeto, las experiencias de la suegra sobre el matrimonio y los hijos, son válidos sólo para ella. Pueden no ser válidos para la nuera porque las circunstancias no son las mismas. Los hábitos y costumbres cambian, el carácter y la personalidad también son distintas.
Usted puede ser una suegra maravillosa si manifiesta su Yo Verdadero, manteniendo una actitud mental de libertad e interviniendo sólo cuando se lo soliciten. Y, cuando intervenga, hágalo con Amor, Sabiduría y Gratitud.
Muchas personas manifiestan que la vida no es fácil, que hay que sudarla, que la competencia es muy fuerte en todos los aspectos, que es necesario prepararse para enfrentar las adversidades y que las enfermedades acechan en todo momento.
Esto es verdad relativamente. Es muy importante distinguir con claridad contra quién estamos compitiendo, dónde y por qué lo estamos haciendo. Las personas que están convencidas en pensar y creer que compiten contra otros, su esfuerzo realizado será muy grande y las probabilidades de éxito serán muy bajas. En este caso, los rivales, el lugar y la motivación están equivocados.
La verdadera competencia del ser humano no es contra sus semejantes, sino consigo mismo, es una dura batalla en su interior, tratando de crecer contínuamente y ser mejor cada día. El peor enemigo de una persona es ella misma, las adversidades y las enfermedades están en su interior, en su mente subconsciente; el enemigo evidente es su yo falso el cual está liderado por su “ego”.
Es necesario practicar una innovación y reingeniería mental, rompiendo los paradigmas equivocados de que en este mundo estamos compitiendo unos contra otros.
El éxito ó fracaso es responsabilidad de cada uno, es una consecuencia de su actitud mental, en otras palabras, de su pensamiento.
Si usted vive reconociendo que hay una fuente de fuerza, una fuente de vida infinita en su interior, que es su Yo Verdadero, practicando el Bien, el Amor y la Gratitud con todas las personas, con seguridad, aunque tenga pequeños fracasos, el éxito final eterno será suyo.
Si usted vive reconociendo su yo falso y desarrolla su ego que le hace competir contra los demás, con seguridad, aunque tenga éxitos inmediatos, éstos serán poco duraderos, y el fracaso final será suyo.
El origen de todo cuanto existe es Dios. Dios nos protege y orienta con su infinito Amor y Sabiduría. Esa es nuestra sólida creencia y fe.
Si nosotros fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios, entonces, también somos Amor y sabiduría. Nuestra naturaleza divina interior es Amor (Yo Verdadero). Esta es la mayor concientización que debemos practicar para cambiar el curso de nuestra vida terrenal, hacia la paz y felicidad.
En la materia en sí no existe inteligencia ni existe sensibilidad. La materia de por sí, no tiene cualidad inherente, lo que otorga cualidad a la materia es la mente y solamente ella. Si la mente piensa en el bien aparece la bondad, si la mente piensa en el mal aparece la maldad.
En la materia en sí no existe poder. Sólo el amor y la gratitud tienen poder. Aun lo que parece ser materia, es sólo un agente del amor.
Sin amor y gratitud, hasta la propia energía nuclear sería sólo una fuerza que trae desdicha al ser humano. Sin amor y gratitud, hasta los más grandes descubrimientos tecnológicos y científicos serían sólo para causar la autodestrucción de la humanidad.
En resumen, podemos afirmar que vinimos a este mundo, para comprender el primer y más grande de todos los mandamientos: “Amarás al Señor tu Dios (nuestro Padre) con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento y con todas tus fuerzas”. Y, también el segundo: “Amarás a tu prójimo como a tí mismo”; debemos amar al prójimo porque “yo y los otros somos uno”.
Como Dios es el todo de todo, quien ama a Dios, también debe amar “a todos y a todo”.
Por tanto, ¿qué debemos hacer para demostrar amor?. Es muy sencillo, se puede resumir en las palabras del Dr. M. Taniguchi Ph.D.: “Sea bondadoso. Respete. Agradezca. Trabaje para concretizar la bondad”.
El ser humano, desde los inicios de su creación, siempre ha estado inmerso en discordias y disputas entre unos y otros, motivados por diversas causas.
Analizando la Historia de la humanidad, comprendemos que, si la misma humanidad no experimenta una transformación radical, la paz y la felicidad no se concretizarán en este mundo material, por más que muchas personas pidan eso en oración.
A lo largo de la historia, hubo innumerables guerras y conflictos entre los hombres, y la humanidad vivió épocas terribles, de miedo, rencor, celos, corrupción, destrucción de ciudades y extrema pobreza. Hoy en día la situación es similar.
Todas las personas desde el fondo de su corazón, anhelan por el fin de las guerras y conflictos entre los seres humanos. A través de generaciones, los religiosos vienen orando por la paz y suplicando a Dios: “¡Por piedad, danos la paz! que se acaben las guerras para que los hombres no continuen matando e hiriendo unos a otros”.
Mientras tanto, los conflictos siguen ocurriendo. Dios debería escuchar las fervorosas oraciones de las personas; sin embargo, ellas no fueron atendidas y no terminaron las guerras ¿Por qué será?.
Es porque la propia humanidad no cambió. Las oraciones pedían el fin de la situación fenoménica llamada conflicto (que es una consecuencia) y no el cambio de la humanidad (la causa).
Toda situación fenoménica (mundo material susceptible a cambios) es reflejo de la mente humana. Por esa razón, para acabar con los conflictos, disputas y desacuerdos entre los seres humanos, es preciso antes que nada, hacer oraciones para cambiar la mente de la humanidad.
Sabemos que el conflicto es consecuencia de las hostilidades que ocurren en el ámbito mental, y para que exista la paz, es necesario eliminar esas hostilidades. Pero, no debemos orar pidiendo que se acaben las hostilidades mentales, porque eso equivale a aceptar su existencia y ellas se manifestarán cada vez más de acuerdo con la ley mental “se manifiesta concretamente aquello que se tiene en la mente (atracción de semejantes)”.
Nuestra oración debe ser de Amor y Gratitud a Dios. Sentir que el infinito Amor de Dios fluye hacia nuestro interior, vivificando nuestro Yo Verdadero o Esencia espiritual, nuestra naturaleza verdadera de hijos de Dios, reconociendo mentalmente lo que verdaderamente somos en nuestra esencia: seres espirituales divinos dotados sólo de Bien, Amor, Paz y Felicidad; que nuestra Imagen Verdadera es perfección y armonía.